Felicidades

Ayer fue tu cumpleaños, uno más de entre tantos, el último antes de alcanzar las tres cifras.
Aunque esta vez fue algo diferente: No hubo celebración ni tarta ni regalos.
Tú no soplaste las velas y nadie desafinó cantando a todo pulmón esperando que pidieras un deseo.
De hecho, este cumpleaños se caracterizó por el silencio y la soledad que dejaste. Pero también por tu recuerdo infinito.
Cómo podría olvidar esos ojitos grises que siempre fueron mi debilidad, cómo podría dejar de recordar una parte de mí…
Son demasiados recuerdos, toda una vida de amor y de cariño para ser capaz de asumirlo en tan poco tiempo.
La vida que me quede en este mundo, seguirás cumpliendo años cada 25 de mayo porque te extrañaré cada día y te recordaré en todos los momentos.
Porque nos unen tantas cosas que es imposible separarnos y aun ahora seguimos tocándonos como el cielo con el mar. Porque somos una.
Sigo y seguiré cumpliendo aquella promesa.
Siempre.
T`estimo molt, molt molt…

Cuando no te quede nada, no creas que perdiste lo que nunca existió.

No sé qué esperabas que hiciera si la desidia se había apoderado de cada rincón de esta casa, si ya nunca estabas cuando gritaba en silencio en una cama vacía.
No es fácil ver cómo se rompen las promesas o cómo se difuminan los recuerdos de quien creíste conocer.

¿Qué esperabas que te dijera si cada vez me costaba más sostener las paredes para no quedarme atrapada entre tantas ruinas?

La decepción, la inquietud y la desolación se han vuelto una plaga que nos abraza tan fuerte que nos asfixia.

No es más que un sueño dentro de un sueño, una mentira dentro de una mentira, la vida de Segismundo multiplicada por dos.

No es más que sentir que he amado una sombra que me ha devuelto una soledad inapelable.

¿Qué quieres que te diga? ¿Que no ocurrió?

¿Quieres que te diga que todo fue fruto de una confusión demasiado temprana para comprender que solo nos aferrábamos a una idea que por un instante tuvo nuestros nombres?

Simplemente yo


Reflexiva, amante del café y el chocolate, sonriente y defensora de los animales.
Crítica -tal vez demasiado – soñadora y lectora voraz.

De izquierdas, aunque mi color favorito es el azul.

Nerviosa, muy nerviosa y perfeccionista, casi rozando la locura en alguna ocasión.


Si mi vida fuese una novela, podría dar algunos títulos que se acercarían bastante a ella, pero querría escribirla yo misma.


¿Escritora, entonces? Depende qué se entienda por dicho término.


Intuitiva, tímida e indecisa.
A veces vivo en poemas ajenos, en mundos que no son el mío, pero cuando vuelvo a mi casa la siento mi hogar y ya no me cuesta reconocerme en los espejos.


Cariñosa y detallista, aunque algo despistada.
Impulsiva cuando de algunos sentimientos se trata, incontrolable si hablamos de emociones.
Reservada, luchadora y perseverante.


Hecha de contradicciones, demasiadas para plasmar aquí.


Ilusionada por las pequeñas cosas que pasan en el día a día.


Feliz por lo que soy y lo que me define.

Difuso

Noto cómo me voy volviendo más difusa, menos clara.

Me estoy difuminando como el grafito en la obra del artista.

Me estoy deshilachando y de lo que era no quedan ya más que jirones.

Lo comprendo. La vida no es mansa. Y vivir tiene un precio.

Estoy dispuesta a pagarlo.

Aquí están mis cicatrices.

Pero seguiré sonriente aunque mi silueta se confunda con la lluvia.

Estoy llena de veranos, de canciones, de colores, de poemas, de amaneceres.

Las grietas del otoño o las tardes de domingo no son más que eso.

En todos los finales aparece una ráfaga de viento que arrastra las hojas amarillas y nos desnuda, arrebatándonos una parte del pasado y regalándonos un nuevo comienzo.

Las nubes bailan en el cielo, dibujando formas desconocidas.

Se vuelven pétalos los párpados y el aire se tiñe de colores.

El tiempo que se pierde, ya no se recupera

A falta de cuatro minutos sabes que va a ser el más triste de la historia porque ya no hay vuelta atrás, porque ya no queda nadie que valga la pena. El tiempo que se pierde ya no se recupera. Nunca más volverás a ser quien eres ahora porque el presente siempre pasa rápido, es una especie de relámpago que no espera a nadie pero lo ilumina todo y te ayuda a ver la soledad que te acompaña.

Tienes tan solo un banco en el que sentarte y temblar de frío, sin compañía, sin un abrazo, sin ganas de seguir, pero sigues respirando.

Sigues respirando aunque no quieras porque somos más fuertes de lo que creemos. Todavía te queda un consuelo: cuando ya no tienes nada que perder, el miedo desaparece.

Ya no me queda nada. Ya no tengo miedo.

Locura

El miedo a enloquecer ha vuelto. Abro los ojos a medianoche, tumbada en la cama, y la veo. Está allí, quieta, esperando un momento de debilidad. No miento, la locura me está saludando asomada a la puerta de mi habitación.

No sé cómo ha ocurrido, pero ha entrado, ha venido de nuevo y me sonríe. Yo tengo miedo y cierro los ojos fuerte, muy fuerte, esperando que desaparezca. Pero ya no consigo controlar los pensamientos, la marabunta de emociones se ha desatado y se ha apoderado de mí.

Siento que estoy resbalando a un pozo de pánico que me paraliza y me congela. Me aterra tanto no ser capaz de salir, como permanecer aquí tan solo cinco segundos. Es demasiado tiempo. Soy demasiado cobarde para sobrevivir.

No lo sabíamos

Nosotros no lo sabíamos todavía pero ya compartimos un 23 de abril antes de conocernos.

Los dos estábamos allí, en el Pabellón Príncipe Felipe, cantando al unísono Soldadito marinero. Tú pensando en aquella novia francesa y yo despertando de un profundo sueño.

No lo sabíamos todavía. Pero lo sabríamos después.

Tú y yo ya habíamos compartido el mismo aire y la misma tierra antes de que nuestras miradas se cruzaran.

Presencia

¿Alguien más ha visto cómo dibujabas en el aire?

¿Acaso tú puedes sentir todavía las gotas de agua cayendo sobre nuestra piel?

Me pregunto, si aún hoy, llega hasta tu puerta el evocador sonido de la lluvia

o si entiendes cómo me alientan tus palabras en esta tarde oscura.

Tu memoria, que me ampara en medio de esta bruma,

hace que la ausencia se vuelva presencia.