El tiempo es ahora

La verdad es que la calma es una forma de tempestad y el pensar en el futuro no deja de ser una especie de masoquismo. Por eso, lo único que me preocupa es el hoy, dejo lo demás para mi yo del futuro.

Así, me sigo mirando en reflejos que no me convienen, sigo perdiéndome en las laderas de los caminos más rectos porque no sé dónde voy, quizá ni siquiera sepa adónde quiero llegar. Y es por eso que nunca abrazo como abrazan los demás, por eso no beso como besan los demás, por eso no busco lo que buscan los demás. Por eso, no sé querer como quieren los demás. Pero todavía no he encontrado a nadie que viva este caos como lo vivo yo, que sienta y abrace la libertad como yo lo hago.

El tiempo es ahora y no soy de las que prefieren la felicidad a la seguridad porque nadie que no se arriesgue es feliz y nadie que no lo intente lo consigue. Esas son las normas para encontrarse a uno mismo, quien no se pierde alguna vez, no puede encontrarse.

 

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Londres

Londres se dibuja misterioso

en la pupila de tus ojos

con la fuerza de un agujero negro

que todo lo atrapa.

Londres te busca en los espejos

de los charcos,

en la luz de cualquier escaparate.

Recuerda tu figura de mujer lasciva y caprichosa

perdiéndose entre la niebla.

Después,

vuelves a desvanecerte

igual que la lluvia en el trópico.

Ahora,

te desvaneces

como un espejismo en medio del desierto.

La ciudad me susurra que no eres

ya más

que la arena atrapada en los zapatos

tras un verano en la playa.

No eres

ya más

que la escarcha

a las orillas del Támesis

en un invierno frío.

Cada corazón guarda un secreto.

Cada misterio anhela revelarse.

Cada gota esconde una pizca de ternura.

Cada mirada entre nosotros es un “hoy es siempre todavía”.

Domingos

Hay domingos

que tienen la banda sonora

más amarga.

Te tumbas en la cama

y sientes cómo el mundo gira.

Y mientras,

tú te quedas quieto

esperando que alguien o algo

te salve de ti mismo.

Los domingos

son un boceto de sombras

que siempre traen un pasado

ingrávido

que va emergiendo.

Ciclogénesis

Anoche soñé que la nieve ardía,

y yo era más que un simple mortal.

Soñé que de la fricción de nuestros cuerpos nacían semillas de amapolas y la cama se impregnaba con su olor.

Soñé que la nieve no era tan amarga como el futuro.

Pero esta ciclogénesis que es tu cuerpo, me zarandeó hasta que los ojos -perdidos en otra órbita- despertaron para mirarte.

Atrapado de nuevo en este cuerpo,

me sentí como un Robinsón en su isla.

Y decidí, como un mero espectador de mi vida, esperar a que el huracán tomara su rumbo hacia cualquier otro desencuentro planetario.

Quién sabe…

Quién sabe si tal vez, dentro de unos años, nos volvamos a encontrar caminando por este viejo pueblo,

cada uno inmerso en su mundo,

tan diferente del que vivimos o sentimos ahora.

Tal vez tú ya no tengas tanta prisa por salir corriendo.

Y tal vez yo no necesite darle tantas vueltas a las palabras y por fin me surjan solas.

Podría ser una conversación trivial, sin demasiados aderezos, pero en el fondo sentida. Sin falsedad.

Sé que nuestras sonrisas no serían fingidas.

Tú me confesarías que nunca pudiste dejar el tabaco,

yo reconocería que jamás dejé la manía de morderme las uñas.

Quizá entonces nos arrepentiríamos de cómo hicimos las cosas en el pasado, pero decirlo en voz alta seguiría sin ser nuestro estilo.

Seguiríamos fieles a la decisión tomada y los dos besos volverían a marcar otra despedida.

Quién sabe si sería entonces cuando descubriría que podía seguir viviendo sin ti y que, de hecho, ya me había acostumbrado a hacerlo.

Pero, sin embargo, a pesar de todo, preferiría seguir a tu lado.

Podría decirte

Podría decirte en este poema cuánto vas a echarme de menos a partir de ahora.

Podría explicarte que no habrá cielo suficientemente azul que te consuele.

Podría decirte que quinientas noches no serán suficientes para olvidarme.

Podría decirte que cuando decidas volver, será tarde.

Podría decirte tantas cosas…

Pero no lo haré.

Porque cuando el amor se acaba, no vuelve.

Porque cuando estalla la tormenta, nadie puede detenerla. Y tú fuiste mi sol y mi lluvia, mis días claros y mis días grises.

No habrá canciones que hablen de ti y de mí en un taxi, de madrugada.

Sé que no recibiré tu llamada -con voz arrepentida-. Sé que no podré decirte que ya te he olvidado.

Seguiré siendo este pájaro que revolotea a tus espaldas, esperando que lo mires, acaso un breve instante.

Sé que no pensarás en mí esta noche.

Pero, ¿y si…?

¿Y si lo haces?

No, no nos engañemos. Sé que no. Pero qué bonito es imaginarse que sí tan solo un instante.

Otoño

Se hace eco la nostalgia del sol en los tejados

cuando la repentina brisa del otoño sobrecoge nuestros cuerpos.

 

De nuevo siento la inapetencia de seguir perteneciendo a un mundo

de seres inertes,

marionetas conducidas por el sentimiento de supervivencia.

Sobrevivir a cualquier precio.

 

El calor de tus labios cuando estamos a solas

se va evaporando, despacio, como la espuma.

Pronto se olvida el sudor de tantas noches.

 

El eterno temor de invocar al pasado sigue presente en tu rostro

como una enfermedad incurable.

Y yo, como si acabara de despertar de un sueño, no acierto a decir qué sucedió.

Buscaba algo, creí encontrarlo y cuando desperté me encontré sola.