Aves sin nido

Somos aves sin nido,

no tenemos lugar al que regresar.

Tenemos unas alas preciosas

pero una inseguridad aplastante nos las corta.

No obstante, una vez emprendas el despegue

y sientas lo que es estar en las alturas,

desaparecerá el miedo.

O al menos, la aventura lo mitigará.

No somos de nada ni de nadie.

Solo aves en estaciones de paso

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Londres

Londres se dibuja misterioso

en la pupila de tus ojos

con la fuerza de un agujero negro

que todo lo atrapa.

Londres te busca en los espejos

de los charcos,

en la luz de cualquier escaparate.

Recuerda tu figura de mujer lasciva y caprichosa

perdiéndose entre la niebla.

Después,

vuelves a desvanecerte

igual que la lluvia en el trópico.

Ahora,

te desvaneces

como un espejismo en medio del desierto.

La ciudad me susurra que no eres

ya más

que la arena atrapada en los zapatos

tras un verano en la playa.

No eres

ya más

que la escarcha

a las orillas del Támesis

en un invierno frío.

Cada corazón guarda un secreto.

Cada misterio anhela revelarse.

Cada gota esconde una pizca de ternura.

Cada mirada entre nosotros es un “hoy es siempre todavía”.

Eras tú.

Tú y lo que trajiste a mi mundo.

Siempre me ofrecías lo imposible

como quien se dispone a comprar

un huracán

en un supermercado.

Solo tú podías conseguirlo.

Ahora

solo puedo soñar

contigo.

Y en esta atmósfera tan onírica

te conozco de nuevo,

te deseo más que nunca.

Volvemos a ser dos niños

que se encuentran y no se deben nada

pero se lo dan todo.

Tú me diste una visión

distinta

de mí misma.

Eras tú.

Eres tú.

Siempre has sido tú.

Quién sabe…

Quién sabe si tal vez, dentro de unos años, nos volvamos a encontrar caminando por este viejo pueblo,

cada uno inmerso en su mundo,

tan diferente del que vivimos o sentimos ahora.

Tal vez tú ya no tengas tanta prisa por salir corriendo.

Y tal vez yo no necesite darle tantas vueltas a las palabras y por fin me surjan solas.

Podría ser una conversación trivial, sin demasiados aderezos, pero en el fondo sentida. Sin falsedad.

Sé que nuestras sonrisas no serían fingidas.

Tú me confesarías que nunca pudiste dejar el tabaco,

yo reconocería que jamás dejé la manía de morderme las uñas.

Quizá entonces nos arrepentiríamos de cómo hicimos las cosas en el pasado, pero decirlo en voz alta seguiría sin ser nuestro estilo.

Seguiríamos fieles a la decisión tomada y los dos besos volverían a marcar otra despedida.

Quién sabe si sería entonces cuando descubriría que podía seguir viviendo sin ti y que, de hecho, ya me había acostumbrado a hacerlo.

Pero, sin embargo, a pesar de todo, preferiría seguir a tu lado.

Nadie ganará esta guerra

Nadie ganará esta guerra

porque cuando termine

no seremos más que una foto en blanco y negro.

Así que echa de menos lo que se fue si es necesario,

pero no te rompas porque eres más fuerte que las pompas de jabón.

Reinvéntate y, si hace falta, empieza de cero.

Porque a lo mejor a la vida solo hay que pintarle los labios de viernes

para que sonría con más ganas,

para que nos bese mejor y nos impregne de carmín.

A lo mejor la vida nunca nos da la espalda,

pero nos empeñamos en que todo se torne simple y diminuto.

A lo mejor la vida ya te está guiñando un ojo y,

lo único que tienes que hacer, es dejarte seducir por ella.

Nadie ganará esta guerra

porque cuando termine

no seremos más que una foto en blanco y negro.

Así que no luches contra tus recuerdos

y no te quedes a vivir en los silencios si no es conmigo.

Sin valor

Sigue nevando dentro de mí y tú no puedes hacer nada.

Me siguen faltando las palabras,

me sigue faltando el valor para decirlo.

 

Nada me da tanto miedo como imaginar

que solo exististe en mi cabeza,

que tus palabras no fueron reales,

que mirarme a los ojos mientras hacíamos el amor no significó nada.

 

Me duele tu recuerdo.

Me duelen las palabras de amor hechas para corazones rotos.

Me duelen tus despedidas.

Me dueles tú.

 

Apareces de repente y me robas el sueño,

así como te llevaste tantas otras cosas contigo.

Me siento sola sin ti

y me pregunto si tú tampoco te cansarás de mirar nuestras fotos.

 

Sigo esperando que vengas a curarme las heridas,

pero nunca llegas.

Esta noche, entre la tentación de odiarte o seguir amándote,

elijo la poesía.

Otoño

Se hace eco la nostalgia del sol en los tejados

cuando la repentina brisa del otoño sobrecoge nuestros cuerpos.

 

De nuevo siento la inapetencia de seguir perteneciendo a un mundo

de seres inertes,

marionetas conducidas por el sentimiento de supervivencia.

Sobrevivir a cualquier precio.

 

El calor de tus labios cuando estamos a solas

se va evaporando, despacio, como la espuma.

Pronto se olvida el sudor de tantas noches.

 

El eterno temor de invocar al pasado sigue presente en tu rostro

como una enfermedad incurable.

Y yo, como si acabara de despertar de un sueño, no acierto a decir qué sucedió.

Buscaba algo, creí encontrarlo y cuando desperté me encontré sola.