Querer hacer cada cosa a mi medida

Es mi defecto este querer controlar la vida,

estudiar el diccionario para que desaparezcan las palabras desconocidas,

necesitar saber cuántos minutos pasarán hasta que vuelva a verte,

obsesionarme con qué tiempo hará mañana,

querer hacer cada cosa a mi medida.

 

Es un error este querer controlar la vida

porque no es más que una lucha constante,

una lucha que sé perdida.

 

Pero, ¿acaso puedo controlar la vida si no puedo controlar esta obsesión que me empuja a preguntarme el porqué de cada nota, de cada sílaba? ¿De qué me sirve entonces responder con suspiros a los días?

 

Es fácil la teoría, no tanto la práctica.

No es fácil cambiar y dejar de preocuparme por la lluvia que moja tus labios,

por preguntarme qué significarán tus silencios,

por necesitar saber cómo se formó el universo,

quién inventó tu nombre y el mío,

por los segundos que me abandonan,

por los castillos de arena,

por las copas de cristal,

por las motas de polvo,

por este poema,

por las letras,

por estos puntos suspensivos…

 

Es mi defecto este querer controlar la vida,

querer hacer cada cosa a mi medida

Absolvamos el enigma de la ropa

“La poesía destruye al hombre” nos dijo aquel sabio,

aquel último hombre al que muchos llamaron viejo loco.

 

La poesía nos devora. Unas veces con calma, otras con prisa.

Entra en nuestras vidas haciéndonos comprender que nada sabíamos antes de ella.

Nada éramos.

 

Me tumbo de madrugada, con todas las luces ya apagadas,

y presiento tu aliento desgarrado,

tus mismas preguntas,

tus mismas inquietudes que con el tiempo no cambian,

solo te vuelven más loco para algunos.

Para mí más sabio.

 

¿Por qué llamamos pájaro al pájaro? ¿Por qué no hierba o flor?

Desnúdame de tantas mentiras, de tantas palabras perdidas

que no sabemos –ni sabremos nunca-  de dónde vienen.

 

 

Esta inefabilidad de las palabras, de las cosas y de la vida nos consume.

Absolvamos, pues, el enigma de la ropa.

Esta ignorancia se nos clava en la piel como alfileres.

Viajes en tren

Otra semana más me encuentro a mí misma sentada en este tren, sin más compañía que un viejo libro releído ya tantas veces en silencio, de estación en estación, que reconozco ya el olor de sus páginas amarillas y encuentro el sentido a cada palabra, a cada intención, a cada alusión al tiempo.

El murmullo de los viajeros se me antoja estridente ahora. Me molestan sus voces. No puedo evitar escuchar conversaciones banales que ni a ellos interesan. La vejez me ha convertido en un ser huraño. Recuerdo demasiadas veces que debo alejarme del mundanal ruido.

Vuelvo a mi libro, que en realidad no es ya más que un cúmulo de hojas de papel desgastadas por el roce de mis manos. Entonces, me doy cuenta entre los bruscos tambaleos del tren que me lleva a aquella que un día fue nuestra casa, que la vida no nos devuelve nada. No nos pregunta. No se molesta en dar explicaciones.

Elpis

Hacía muy poco tiempo que se había dado cuenta de que las agujas de su reloj giraban hacia el lado contrario, de que el optimismo no era su forma de vida. ¿Cómo enfrentarse, entonces, a una sociedad infectada de sonrisas si en las cuencas de sus ojos solo había lugar para pequeñas lágrimas condensadas de amargura infinita? Desde luego, él no tenía la respuesta. Por desgracia, no tenía ni una moneda en el bolsillo ni nada que llevarse a la boca. Tan solo conservaba un pequeño papel desgastado por el tiempo, por el frío y la humedad de las noches sin cama en Madrid. La tinta de aquel papel -que algún día fue una carta- lo mantenía vivo y le devolvía una pequeña gota de esperanza para seguir buscando en los recovecos de cualquier esquina una sonrisa impostada para conseguir llegar a su destino.

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Literatureando

Si me preguntaran qué es para mí la literatura no sabría cómo definirlo exactamente, pero podría asegurar, sin ningún tipo de dudas, que posee una fuerza que me atrae, obligándome a volver a ella una y otra vez. Es una auténtica máquina de excesos que siempre quiere más y por eso se cuela en nuestras vidas.

Aunque intente huir de ella, siempre sigue mis pasos y sabe dónde encontrarme. La literatura es un vuelo nocturno en primera clase.

Viejo escorzo desgastado

Se divertían juntos. Entre ellos había química, complicidad. La vida se resumía en buenos ratos, risas, sexo, besos y caricias. Pero, como era de esperar, no estaban en el mismo punto.

Maldito punto  que resume la vida a un viejo escorzo desgastado.

Como es bien sabido, en toda relación siempre hay uno que siente más. Nadie sabe por qué mierdas pasa eso, pero es así.

Ella no estaba preparada para tener nada serio. Sin embargo, él no podía dejar de mirarla por las noches, imaginando una vida a su lado. Ella, simplemente, dormía. Él soñaba con sus besos.

 Ambos seguían las pautas que desembocaban en la solución de la misma ecuación que, sin palabras,  habían acordado:  nada de llamadas a media noche, nada de te quieros ni de palabras de amor llenas de melancolía. Él no las decía, ella no las esperaba.

 Él sabía que aquello no duraría más de lo que dura un verano. Ella se lo había dicho desde el principio: simplemente no podía querer, no sabía hacerlo. Supo una vez, creo, pero se le olvidó rápido.  Estaba cansada –decía- de promesas sin cumplir, de remordimientos por las noches, de besos que no valen nada. Ahora prefería vivir cada momento, no apegarse a nada ni nadie. Tan solo quería respirar y sentirse viva.