Zona oeste

Empecé a pensar en él tan tarde que no comprendí por qué no había sucedido antes. Aquel año cambiaron muchas cosas en mi vida, ahora me resulta extraño pensar en cómo era todo entonces. Con respecto a los últimos meses, mi mente estaba tan ocupada tratando de encontrar un camino por el que seguir, que ya no me apetecía encontrar tiempo de mirar siquiera por la ventana; aunque resultó que al final encontré la necesidad de hacerlo. En cualquier caso, ninguno de los dos habíamos encontrado nada inusual para fijar la vista en el otro demasiado tiempo. Hasta que simplemente sucedió.

Ahora me cuesta imaginar un verano cualquiera saludándonos de forma inocente, intercambiando quizá un saludo con alguna pregunta y una breve sonrisa. Cómo podía ser que no supiésemos nada el uno del otro y que, tal vez, no sintiéramos ningún tipo de interés.

Las cosas empezaron a cambiar tan gradualmente que no me di ni cuenta. El otoño iba dejando caer las hojas de los árboles y nosotros íbamos adentrándonos en un bosque cada vez más espeso. Fue ahí donde comenzamos a caminar juntos, y poco a poco nos atrevimos a mirar fijamente lo que había en los ojos del otro. En ese momento, no supe muy bien qué era, pero hubo algo que me hizo pensar que podría quedarme mirándolo durante mucho tiempo.

Es complicado explicar qué fue lo que pasó, pero una ventana se abría y esta vez sí me apetecía observar todo lo que pasara por ella, en cualquier estación, en cualquier momento.

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Reinventándome

Sabía que abril iba a dolerle demasiado, todavía no conocía el significado de la palabra olvido, aunque iba acostumbrándose a su nueva vida. Haberse ido del pueblo era la mejor decisión que había tomado en mucho tiempo. Era un suplicio soportar el aire cargado a recuerdos que había en cada rincón. Al menos aquí nada le recordaba lo que fue, aunque sí lo que podría haber sido. Eso seguía torturándola a veces.

Sin embargo, el cambio de vida había sido, sin duda, cualitativo. Ahora tenía una casa enorme para ella sola y por fin había llegado el espacio que en los últimos meses tanto había deseado. Disfrutaba como nunca del aroma a canela y naranja por todas las habitaciones y miraba una y otra vez las cajas que le habían enviado llenas de libros, preparados para ser colocados en la nueva estantería del salón. Ya no había humo ni olor a tabaco. Deshacerse de aquello, ya era un gran paso.

En su vida ya solo era ella y quien ella decidiese que podía entrar. De momento, se conformaba con lo que tenía y no quería arriesgarse a tomar prestado algo más de la vida, porque si de algo le había servido el último golpe era para aprender que no quería volver a depender de nadie más que de sí misma. A veces le costaba reconocerse, pues ni siquiera encontraba el momento de llamar a sus padres por teléfono para contarles cómo le había ido el día. Parecía que se había tomado la libertad muy en serio.

Quién iba a decirle que aprobar aquel examen la llevaría a la Rioja, que se sentiría más que nunca del norte y que descubrirá el encanto de callejear por Logroño. Le estaba cogiendo el gusto a los pinchos y, sobre todo, al Rioja. Siempre había sido más de blanco o rosado, pero sus compañeros le habían enseñado a saborear un buen tinto.

Creo que era feliz o estaba bastante cerca de lo que puede llamarse felicidad. Los días pasaban rápidos, llenos de comentarios de literatura y de poesía. Sin pensarlo si quiera, había aparecido en ella algo que llevaba tiempo buscando: su vocación. Se le apareció haciendo algo tan banal como explicar el origen de la Ilíada a una clase de treinta niños. Y, así, un día tras otro, supo que había escogido uno de esos caminos que te llevan adonde deseas ir.

Por otro lado, era encargada de la biblioteca, donde podía disfrutar del silencio y de un mundo lleno de historias todavía desconocidas. Allí mismo le habían propuesto participar en un club de lectura, pero no uno cualquiera, sino un club en el que todos los participantes leían entre sí sus propios poemas, sus relatos o sus novelas. De hecho, tenía que prepararse para un recital en un pequeño local. Por primera vez iba a leer lo que había escrito. Sabía que leer poemas del pasado sería duro, pero el destino le estaba abriendo una puerta que no podía dejar que se cerrara.

Cada vez se iba desdibujando más aquella niña necesitada de cariño y cada vez se convertía más en una mujer que sabía por qué luchaba y hasta dónde estaba dispuesta a llegar para conseguir lo que quería.

Vacío

A veces podemos volver a unir lo que se rompió, pero sin darnos cuenta hay partes que se quedaron por el camino y nos dejan un hueco que ya no se llena porque no hay piezas que puedan encajar con algo que fue único.

Así se crean los vacíos y así duele tu recuerdo.

Un día menos, una noche más

No hay medicina concreta para acabar con el dolor, pero venga, me dicen, prueba con las pastillas de la felicidad, no pasa nada por tomártelas, no bebas y si notas grandes cambios en tu personalidad avisa a tus familiares cercanos porque podrías crecerte tanto en un momento determinado que podrían animarte al suicidio. Además me viene de familia. No pasa nada, no, gracias, doctor. Me está ayudando mucho. Saldremos de esta.

Por fin un día menos, pero una noche más entre sábanas revueltas, entre recuerdos, entre fantasmas que me empujan al vacío.

Me tomo las pastillas, mitigan un poco la angustia, pero nunca se termina, el nudo en la garganta permanece. Las pesadillas me persiguen con esa nueva imagen tuya, pero con tu voz, que sigue siendo idéntica. Sin embargo, ya nunca me rozas y no sé si tu piel me reconoce todavía.

Un ansiolítico, por favor.

Escucho una y otra vez esa canción que me recuerda a ti, aunque es una canción que nunca escuchamos juntos y, probablemente, ya no lo hagamos. Pero me recuerda a ti, como todas las cosas que hago o dejo de hacer últimamente.

Te sueño de nuevo, pero ya nunca te veo como antes. Sin embargo, te veo y parece tan real que la mañana se consume en la memoria de lo que fuimos. Ni siquiera en el mundo onírico las cosas son fáciles. Ni siquiera allí logro decirte lo que siento. Ya ni escribir es una opción.

Y yo solo quiero volver a empezar una vida que no sea esta. Una vida que no termine como va a terminar esta. No quiero sentir el desgarro y ver la caída de nuestros cuerpos mientras me escondo en una esquina. No quiero ser más yo. Quiero crecer valiente.

Si no puedo desaparecer, al menos quiero que mis actos me pertenezcan.

Sí, señor, eso quiero. No necesito su USB ni escribir una carta de despedida. Si no puede hacer otra cosa, sigamos con la medicación.

Otro ansiolítico, por favor. Gracias, esta noche dormiré mejor.

¿Será esta nuestra manera de existir?

Antes de rendirnos fuimos eternos” (I. Serrano)

 

Ahora siempre es abril en esta habitación.

Y llueve.

A las nueve.

A las siete.

A las cuatro.

 

Y al amanecer

despierto sobresaltada cuando escucho el eco de un murmullo.

Enciendo la luz y te busco,

pero no es tu voz

porque ya no eres tú,

porque ya no somos nosotros,

porque ya solo soy un pedazo de ti que no se recompone.

 

Ya no hay pisadas

ni recuerdos

ni palabras.

 

Silencio. Entre nosotros solo hay silencio.

¿Será nuestra manera de existir a partir de ahora?

Decir adiós es también un principio

Decir adiós es también un principio.

Despedirse es una forma de empezar.

Es saber desnudarnos de la piel

y abandonar aquella

falsa felicidad

temblorosa.

Guardaré durante un tiempo

la verdad de tus labios y

el sexo cargado de poesía.

Las dudas posesivas acecharán

a este cuerpo,

pero me iré alejando de ti

despacio

como una luz en el mar

que te atrapa

pero siempre desaparece.

Dejaré que todo ocurra y

que todo pase,

como pasa la lluvia por el cristal

de las ventanas.

Te aseguro

que existe un lugar donde podré

(tal vez podremos)

volver a ser felices.

No sé dónde ni cuándo,

pero la sensación será parecida

a la de ir descalza

pisando la arena de la playa.