Podría decirte

Podría decirte en este poema cuánto vas a echarme de menos a partir de ahora.

Podría explicarte que no habrá cielo suficientemente azul que te consuele.

Podría decirte que quinientas noches no serán suficientes para olvidarme.

Podría decirte que cuando decidas volver, será tarde.

Podría decirte tantas cosas…

Pero no lo haré.

Porque cuando el amor se acaba, no vuelve.

Porque cuando estalla la tormenta, nadie puede detenerla. Y tú fuiste mi sol y mi lluvia, mis días claros y mis días grises.

No habrá canciones que hablen de ti y de mí en un taxi, de madrugada.

Sé que no recibiré tu llamada -con voz arrepentida-. Sé que no podré decirte que ya te he olvidado.

Seguiré siendo este pájaro que revolotea a tus espaldas, esperando que lo mires, acaso un breve instante.

Sé que no pensarás en mí esta noche.

Pero, ¿y si…?

¿Y si lo haces?

No, no nos engañemos. Sé que no. Pero qué bonito es imaginarse que sí tan solo un instante.

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Madrid

Madrid se perdía en mis ojos esperando tu llegada,

y en Atocha, los transeúntes desaparecían dejando el aire cargado de recuerdos.

Yo te miraba y leía en tus ojos aquel laberinto confuso, casi interminable, de historias que nunca contarías.

El olor de castañas asadas impregnaba los portales, los escaparates y las avenidas.

Tú, Madrid y el primer deshielo.

Se acababa el otoño, las luces de Navidad se encendían y tenías las manos más frías que jamás he tocado.

Madrid sigue esperándote en esta aurora tan nuestra donde siempre es primavera.

Vuelve aquí como la primera vez, donde yo te espero, donde tus ojos pueden incendiarlo todo y devolver el calor a este invierno.

Sin valor

Sigue nevando dentro de mí y tú no puedes hacer nada.

Me siguen faltando las palabras,

me sigue faltando el valor para decirlo.

 

Nada me da tanto miedo como imaginar

que solo exististe en mi cabeza,

que tus palabras no fueron reales,

que mirarme a los ojos mientras hacíamos el amor no significó nada.

 

Me duele tu recuerdo.

Me duelen las palabras de amor hechas para corazones rotos.

Me duelen tus despedidas.

Me dueles tú.

 

Apareces de repente y me robas el sueño,

así como te llevaste tantas otras cosas contigo.

Me siento sola sin ti

y me pregunto si tú tampoco te cansarás de mirar nuestras fotos.

 

Sigo esperando que vengas a curarme las heridas,

pero nunca llegas.

Esta noche, entre la tentación de odiarte o seguir amándote,

elijo la poesía.

Otoño

Se hace eco la nostalgia del sol en los tejados

cuando la repentina brisa del otoño sobrecoge nuestros cuerpos.

 

De nuevo siento la inapetencia de seguir perteneciendo a un mundo

de seres inertes,

marionetas conducidas por el sentimiento de supervivencia.

Sobrevivir a cualquier precio.

 

El calor de tus labios cuando estamos a solas

se va evaporando, despacio, como la espuma.

Pronto se olvida el sudor de tantas noches.

 

El eterno temor de invocar al pasado sigue presente en tu rostro

como una enfermedad incurable.

Y yo, como si acabara de despertar de un sueño, no acierto a decir qué sucedió.

Buscaba algo, creí encontrarlo y cuando desperté me encontré sola.

Respuestas

Respuestas que llegan sin pedirlas y cortan como el filo de una navaja recién afilada una parte de tu ser, que poco a poco se desvanece.

Respuestas que vienen cuando menos necesitamos oír la verdad y preferimos construir una certeza maquillada con futuros lejanos en mundos ideales.

Respuestas que nos devuelven a la realidad y que, quizá, nos ayuden a tener un mañana más limpio; pero que escuecen en la piel y dejan cicatrices.

Hoy prefiero que no me contestes, que no me digas nada. No quiero más respuestas.

Agosto

Otro agosto que anuncia el paso de un verano más,

un verano que me enseña cómo con un gesto toda la historia cambia y grandes imperios se desmoronan.

Los años pesan, se clavan como espadas, y tú no estás aquí para decirme que mañana sople con fuerza las velas.

Nadie me entenderá si mañana nombro títulos de obras como Sumidos 25, que son tus no asumidos 26.

El tiempo lo cambia todo. Es irremediable luchar contra él.

Ahora nadie puede explicarnos qué pasó, porque solo nosotros lo sabemos, aunque todavía no lo entendamos.

La vida no es justa

La primera lección que deberían enseñarnos en la escuela es que la vida no es justa.

Ser humano implica equivocarse, pero sobre todo saber rectificar. Hoy ya no me avergüenzo al decir que tengo miedo, porque a veces soy frágil. Es por eso que me esfuerzo en alcanzar al tiempo y tomarle por sorpresa un arcón de segundas oportunidades, sabiendo que la única oportunidad que puede darme el tiempo es el aprendizaje y la madurez para no caer en los mismos errores. Sin embargo, otras veces soy fuerte y luchadora y, así, acepto las dolencias de la vida, tanto aquellas que son consecuencia de mis actos como otras que llegan sin llamar a la puerta.

Algo tan simple como una canción o un poema me devuelven la esperanza y se esboza en este rostro desgastado una leve sonrisa porque recuerdo que aunque la tormenta trae lluvia, ésta siempre desemboca en el océano.