El tiempo que se pierde, ya no se recupera

A falta de cuatro minutos sabes que va a ser el más triste de la historia porque ya no hay vuelta atrás, porque ya no queda nadie que valga la pena. El tiempo que se pierde ya no se recupera. Nunca más volverás a ser quien eres ahora porque el presente siempre pasa rápido, es una especie de relámpago que no espera a nadie pero lo ilumina todo y te ayuda a ver la soledad que te acompaña.

Tienes tan solo un banco en el que sentarte y temblar de frío, sin compañía, sin un abrazo, sin ganas de seguir, pero sigues respirando.

Sigues respirando aunque no quieras porque somos más fuertes de lo que creemos. Todavía te queda un consuelo: cuando ya no tienes nada que perder, el miedo desaparece.

Ya no me queda nada. Ya no tengo miedo.

Locura

El miedo a enloquecer ha vuelto. Abro los ojos a medianoche, tumbada en la cama, y la veo. Está allí, quieta, esperando un momento de debilidad. No miento, la locura me está saludando asomada a la puerta de mi habitación.

No sé cómo ha ocurrido, pero ha entrado, ha venido de nuevo y me sonríe. Yo tengo miedo y cierro los ojos fuerte, muy fuerte, esperando que desaparezca. Pero ya no consigo controlar los pensamientos, la marabunta de emociones se ha desatado y se ha apoderado de mí.

Siento que estoy resbalando a un pozo de pánico que me paraliza y me congela. Me aterra tanto no ser capaz de salir, como permanecer aquí tan solo cinco segundos. Es demasiado tiempo. Soy demasiado cobarde para sobrevivir.

Fragmentos

Me pregunto qué haces aquí, en mi taza del café, en mi tostada con mermelada, en mi restaurante favorito…

Dime por qué sigues en las paredes de cada habitación, en la letra de todas las canciones…

¿Por qué estás aquí si ya te has ido?

¿Por qué entraste si no querías quedarte?

Vuelves una y otra vez al lugar del crimen, como si buscaras encontrar a otro culpable aparte de ti mismo.

No sé por qué es tan complicado dejar que se vaya lo que ya se fue.

No lo sabíamos

Nosotros no lo sabíamos todavía pero ya compartimos un 23 de abril antes de conocernos.

Los dos estábamos allí, en el Pabellón Príncipe Felipe, cantando al unísono Soldadito marinero. Tú pensando en aquella novia francesa y yo despertando de un profundo sueño.

No lo sabíamos todavía. Pero lo sabríamos después.

Tú y yo ya habíamos compartido el mismo aire y la misma tierra antes de que nuestras miradas se cruzaran.

Sin respuestas

Salgo a caminar. La casa me ahoga. Ya no lo siento mi hogar.

Camino y me siento sola. Sola como siempre, intentando encajar en una sociedad que nunca me ha hecho hueco. Entre gente que mira pero no ve. Siento que nadie me ve. ¿Puede ser? ¿De verdad nadie se da cuenta de quién soy? ¿Nadie más ahí fuera encuentra mis miradas?

Sigo caminando, pongo Spotify en el móvil. Coloco los auriculares en mis orejas y me dejo llevar. No tengo rumbo pero sigo caminando porque no me atrevo a parar.

La vida me parece una noria que gira y gira, no cesa en su movimiento, no te espera. Y en ese ciclo circular se repiten siempre los momentos que nos empujan a cometer una y otra vez los mismos errores.

Si quieres pararla, debes saltar.

Yo quiero saltar, pero no me atrevo. ¿Quién se atreve a tirarse de una noria cuando está en el punto más alto?

Lo intento, lo intento… Pero no puedo.

Presencia

¿Alguien más ha visto cómo dibujabas en el aire?

¿Acaso tú puedes sentir todavía las gotas de agua cayendo sobre nuestra piel?

Me pregunto, si aún hoy, llega hasta tu puerta el evocador sonido de la lluvia

o si entiendes cómo me alientan tus palabras en esta tarde oscura.

Tu memoria, que me ampara en medio de esta bruma,

hace que la ausencia se vuelva presencia.

El apego

Nos han educado y criado para sentir apego y estar condicionados por él.

La gran mayoría de esta sociedad padecemos el sufrimiento que el apego nos ocasiona, pues en el momento en que este se produce, nuestra felicidad deja de depender de nosotros mismos, otorgamos ese poder a otra persona y dependiendo de sus actos, acabamos siendo infelices, sintiéndonos incompletos y vacíos.

La felicidad depende tan solo de ti. Si tú mismo no eres capaz de darte lo que necesitas, nadie podrá hacerlo. Por eso es tan importante que no otorguemos ese poder a nadie y que lo guardemos bajo llave, así nadie podrá dañarnos emocionalmente. Tú eres dueña de ti misma.

El apego nos hace sentir inseguros y con una autoestima deteriorada. Esto conduce inevitablemente a los celos y actitudes posesivas.

Dejemos de querer y comencemos a amar. Cuando «quiero» lo hago de fuera hacia adentro, espero recibir algo de los demás para completarme, pero cuando «amo» a alguien lo hago de dentro hacia afuera, siendo un ser completo, que comparte lo que hay dentro de sí mismo.

Dejar de sentir apego no es un camino camino fácil; al contrario, es un proceso complejo y costoso, pero desde luego necesario para encontrarnos en paz con nosotros mismos, para conectar con nuestro ser interior y dejar a un lado la mente, que nos intenta controlar y mantener sumisos.

Cuando solo «quieres» dejas de ser tú, te alejas de tu ser y te corrompes: actúas por y para los demás, buscas agradarles y de ese modo marginas tu propia identidad.

Si consigues dejar a un lado el apego, si consigues amar y dejar de querer, dejarás de sufrir. Sentirás dolor porque la vida duele, pero esas punzadas que te provoca el sufrimiento innecesario desaparecerá, porque dejarás de esperar de los demás, dejarás de necesitar.

Deja de buscar fuera porque lo único que necesitas está dentro de ti.

En palabras de Buda: «El dolor es inevitable, el sufrimiento opcional».

Quarantine

Fue el jueves sobre las 17:00 cuando Martina se enteró de que el día siguiente, viernes, sería su último día trabajando personalmente hasta dentro de, al menos, dos semanas. A partir del lunes comenzaría el teletrabajo, la cuarentena, el confinamiento, el salir solo para lo estrictamente necesario.

El presidente español Pedro Sánchez decretó el viernes el estado de alarma: todo el mundo debería permanecer en sus casas, si se salía debía ser para comprar comida, medicamentos o actividades análogas. Sin embargo, la gente no pareció entenderlo muy bien al principio y siguió saliendo, moviéndose y, por lo tanto, propagando el virus. Así que poco a poco, las medidas se fueron haciendo más y más estrictas y más prolongadas en el tiempo.

En varios programas informativos se pidió calma entre los ciudadanos, pero lo cierto es que cundía el pánico, el papel higiénico desaparecía porque se comentaba que por uno que tosía se cagaban cien, en el Mercadona parecía que regalaban la comida y la gente enloquecía para coger cualquier tipo de alimento.

Entre tanto caos y tanto desconocimiento ante algo nuevo que prácticamente ningún ciudadano había vivido, parecía no haber lugar para el raciocinio o el sentido común. Como digo, las medidas se volvieron más estrictas y mucha gente no tuvo más remedio que quedarse en casa, echando de menos salir a la calle, aunque normalmente no lo hicieran demasiado o comenzaron a hacer deporte, aunque llevaran años sin ir al gimnasio.

Martina, sin embargo, decidió que iba a tomarse esta cuarentena como algo positivo. La gente siempre pedimos tiempo, tiempo para todas esas cosas a las que nos parece que nunca llegamos: tiempo para ordenar un armario, tiempo para aprender un idioma, tiempo para pasar con los hijos, tiempo para pensar en uno mismo, tiempo para tener tiempo, simplemente. Pero no, el ser humano parece convencido de que es él quien mata al tiempo; no obstante Martina sabía que eso no es así: nosotros no matamos el tiempo, el tiempo nos mata. Así que teletrabajó como nunca lo había hecho, dio lo mejor de sí desde su casa, un día con el pijama y un moño, otro día con los labios rojos y la camisa desabrochada. Se dio cuenta de que había estado tan inmersa en oras cosas como cuidar a los demás, hacer bien su trabajo, no decepcionar a nadie y no hacer lo que no se debe, que se había olvidado de sí misma. Sí, se había olvidado de sí misma, se había olvidado de escuchar su cuerpo, de sus dolores y de sus satisfacciones.

Llevamos un ritmo de vida rápido, es un tren que nunca para y nuestra felicidad parece sustentarse en no dejar de hacer cosas nunca, porque quien más hace, quien más viaja, quien nunca tiene tiempo libre, es el ganador a vistas de todos. Pero eso nos impide conectar con nosotros mismos y escuchar lo que nos pide el cuerpo y la mente. Martina lo había olvidado hasta ahora, ya no sabía muy bien qué quería o qué le gustaba, simplemente seguía al resto, como si lo que hace la mayoría fuese la mejor opción.

Martina se duchó, se tomó un café y con el pelo y su cuerpo todavía húmedos, se sentó en el suelo y decidió escucharse: sintió cómo el aire entraba en sus pulmones, cómo los hinchaba y cómo salía despacio por su boca, rozando sus labios. Cerró los ojos y buscó en sí misma aquel tercer ojo lleno de luz y lo proyectó a todas las personas que le importaban, sin olvidar a ninguna. Esta vez ni siquiera se olvidó de ella misma.

Abrió los ojos y tocó su vientre, esos veinte minutos de meditación le habían recordado que tenía un retraso de tres semanas. Su ritmo de vida se lo había impedido. Tal vez en otra situación, esto la hubiese asustado, pero ahora pensar que una vida nueva iba a llegar la hacía mas feliz que nunca.