Un día menos, una noche más

No hay medicina concreta para acabar con el dolor, pero venga, me dicen, prueba con las pastillas de la felicidad, no pasa nada por tomártelas, no bebas y si notas grandes cambios en tu personalidad avisa a tus familiares cercanos porque podrías crecerte tanto en un momento determinado que podrían animarte al suicidio. Además me viene de familia. No pasa nada, no, gracias, doctor. Me está ayudando mucho. Saldremos de esta.

Por fin un día menos, pero una noche más entre sábanas revueltas, entre recuerdos, entre fantasmas que me empujan al vacío.

Me tomo las pastillas, mitigan un poco la angustia, pero nunca se termina, el nudo en la garganta permanece. Las pesadillas me persiguen con esa nueva imagen tuya, pero con tu voz, que sigue siendo idéntica. Sin embargo, ya nunca me rozas y no sé si tu piel me reconoce todavía.

Un ansiolítico, por favor.

Escucho una y otra vez esa canción que me recuerda a ti, aunque es una canción que nunca escuchamos juntos y, probablemente, ya no lo hagamos. Pero me recuerda a ti, como todas las cosas que hago o dejo de hacer últimamente.

Te sueño de nuevo, pero ya nunca te veo como antes. Sin embargo, te veo y parece tan real que la mañana se consume en la memoria de lo que fuimos. Ni siquiera en el mundo onírico las cosas son fáciles. Ni siquiera allí logro decirte lo que siento. Ya ni escribir es una opción.

Y yo solo quiero volver a empezar una vida que no sea esta. Una vida que no termine como va a terminar esta. No quiero sentir el desgarro y ver la caída de nuestros cuerpos mientras me escondo en una esquina. No quiero ser más yo. Quiero crecer valiente.

Si no puedo desaparecer, al menos quiero que mis actos me pertenezcan.

Sí, señor, eso quiero. No necesito su USB ni escribir una carta de despedida. Si no puede hacer otra cosa, sigamos con la medicación.

Otro ansiolítico, por favor. Gracias, esta noche dormiré mejor.

1

Supongo que era una mañana como otra cualquiera y, como cualquier otro día, se había vuelto a acordar de ella. Tal vez leyó en el periódico un nombre parecido al suyo, pasó cerca del bar donde solían desayunar juntos, vio alguna matrícula que empezaba por H o simplemente apareció de repente por su cabeza sin previo aviso. Del modo que fuere, allí estaba, de nuevo, revolviendo sus pensamientos desde la distancia.

Era su primer verano sin ella y en San Sebastián el sol picaba más que nunca. Se preguntó cómo serían las cosas si hubiese aguantado un poco más, pero la llamada del móvil paralizó el pensamiento.

(…)

Había conocido a alguien en los últimos meses: una niña bien, con una cara bonita y buenos modales. Era inteligente, estaba terminando la carrera de Medicina. Era dulce y su sonrisa conseguía que él se olvidara de todo. Sin embargo, no tenía los ojos de océano de Natalia y cuando se quedaba solo no podía evitar ahogarse un poco en ellos todavía.

(…)

Descolgó el teléfono. Era Leticia. Llegaría más tarde a la cita porque debía terminar la presentación de su TFG cuanto antes.

-No te preocupes, maitia.

(…)

Otro pensamiento comenzó a rondarle, pero esta vez él fue más fuerte. Se dijo que la vida es solo para los valientes. No iba a perderse las cosas buenas que se le ponían por delante. No, esta vez no.

Se preparó la mochila: protección solar, una toalla y un libro. Tan poco bastaba para rozar la felicidad. Comenzó a caminar fijándose en los detalles de la ciudad, en sus aromas y sus gentes.

La soledad le sentaba bien. Llegó a la Concha y se sentó mirando al mar, escuchando atento cómo rompían las olas.

Y se repitió aquella frase.

– La vida es solo para los valientes.