Una historia no tiene principio ni fin, tan solo puertas de entrada

Un libro está lleno de magia. Contiene historias llenas de palabras, sentimientos e imágenes que nos cautivan y terminamos haciendo nuestros, así como ellos se permiten llevarnos un poquito de cada uno de nosotros.

Como un viejo amigo me dijo: “una historia no tiene principio ni fin, tan solo puertas de entrada”. Tenemos suerte, entonces, si alguna vez nuestras historias nos permiten encontrar la puerta de salida y rescatarnos de nosotros mismos. Pero la realidad es que nunca están completas y pocas veces nos damos cuenta de que hay momentos que se congelan por un instante que nunca volverá.

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Viajes en tren

Otra semana más me encuentro a mí misma sentada en este tren, sin más compañía que un viejo libro releído ya tantas veces en silencio, de estación en estación, que reconozco ya el olor de sus páginas amarillas y encuentro el sentido a cada palabra, a cada intención, a cada alusión al tiempo.

El murmullo de los viajeros se me antoja estridente ahora. Me molestan sus voces. No puedo evitar escuchar conversaciones banales que ni a ellos interesan. La vejez me ha convertido en un ser huraño. Recuerdo demasiadas veces que debo alejarme del mundanal ruido.

Vuelvo a mi libro, que en realidad no es ya más que un cúmulo de hojas de papel desgastadas por el roce de mis manos. Entonces, me doy cuenta entre los bruscos tambaleos del tren que me lleva a aquella que un día fue nuestra casa, que la vida no nos devuelve nada. No nos pregunta. No se molesta en dar explicaciones.

Libros olvidados

En ocasiones tratamos a los libros como a las personas, juzgándolos por su apariencia. Los dejamos pasar si no nos atrae la primera impresión.

 

A veces un obstinado o despistado lector deja pasar al libro de su vida, aquel que hubiera destacado en su estantería, posteriormente, entre todos los demás tan solo porque  su portada no era lo suficientemente comercial, porque la tapa estaba un poco desgastada, porque las primeras palabras no fueron demasiado atractivas o porque sus colores eran apagados o demasiado agresivos.

 

Sin embargo, sé que todavía somos muchos los que nos atrevemos a apostar por aquel libro desgastado de segunda mano, lleno de historias desconocidas, con dedicatorias que nos hacen soñar una vida distinta a la nuestra, una vida ajena y desconocida de alguien que tiene algo en común con nosotros aunque él no lo sepa. Recuerda que alguien tuvo ese mismo libro entre las manos y tal vez lo amó o lo detestó. No importa cuál fuera su sentimiento hacia él, sino el viaje que te permite imaginar qué pasó. ¿Acaso no es eso la literatura? ¿Acaso no debe interpretar cada lector, a su modo, cada palabra, cada fragmento, cada oración? Entonces, ¿por qué no soñar y dejarnos llevar también con una simple dedicatoria, con una simple página doblada, con un simple subrayado?

 

No rechacemos, pues, al libro por su ropaje raído. Démosle una oportunidad para que nos cuente qué sucedió.

 

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