Estación abandonada

A veces el corazón es como una estación abandonada. Todo se resume en pedazos que nadie recoge, que a nadie importan. Poco a poco se va deteriorando y es difícil seguir adelante sin algún apoyo, pues a nadie le interesa una estación en la que los trenes nunca se detienen, nunca esperan, nunca saludan. Sólo son un reflejo efímero que se difumina rápido ante cualquier mirada, ante cualquier pasajero.

Viajes en tren

Otra semana más me encuentro a mí misma sentada en este tren, sin más compañía que un viejo libro releído ya tantas veces en silencio, de estación en estación, que reconozco ya el olor de sus páginas amarillas y encuentro el sentido a cada palabra, a cada intención, a cada alusión al tiempo.

El murmullo de los viajeros se me antoja estridente ahora. Me molestan sus voces. No puedo evitar escuchar conversaciones banales que ni a ellos interesan. La vejez me ha convertido en un ser huraño. Recuerdo demasiadas veces que debo alejarme del mundanal ruido.

Vuelvo a mi libro, que en realidad no es ya más que un cúmulo de hojas de papel desgastadas por el roce de mis manos. Entonces, me doy cuenta entre los bruscos tambaleos del tren que me lleva a aquella que un día fue nuestra casa, que la vida no nos devuelve nada. No nos pregunta. No se molesta en dar explicaciones.

No estamos terminados

No creo que llegue a encontrar la perfección, pero tampoco creo que el fin del ser humano sea buscarla. Sin embargo, sí creo que nacemos siendo un molde inacabado, una especie de pieza con un gran potencial que puede y –de hecho- debe ir mejorando con los años. Por eso aprendemos a caminar, a hablar, a razonar. Hacernos viejos no debe pesarnos si ello supone aprender, mejorar y superarnos.

Nacemos destinados a ser polvo, pero antes de que esto ocurra tenemos un largo camino para aprender a ser alguien que valga la pena y que perdure en el recuerdo como algo más que simples cenizas.

Elpis

Hacía muy poco tiempo que se había dado cuenta de que las agujas de su reloj giraban hacia el lado contrario, de que el optimismo no era su forma de vida. ¿Cómo enfrentarse, entonces, a una sociedad infectada de sonrisas si en las cuencas de sus ojos solo había lugar para pequeñas lágrimas condensadas de amargura infinita? Desde luego, él no tenía la respuesta. Por desgracia, no tenía ni una moneda en el bolsillo ni nada que llevarse a la boca. Tan solo conservaba un pequeño papel desgastado por el tiempo, por el frío y la humedad de las noches sin cama en Madrid. La tinta de aquel papel -que algún día fue una carta- lo mantenía vivo y le devolvía una pequeña gota de esperanza para seguir buscando en los recovecos de cualquier esquina una sonrisa impostada para conseguir llegar a su destino.

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Viejo escorzo desgastado

Se divertían juntos. Entre ellos había química, complicidad. La vida se resumía en buenos ratos, risas, sexo, besos y caricias. Pero, como era de esperar, no estaban en el mismo punto.

Maldito punto  que resume la vida a un viejo escorzo desgastado.

Como es bien sabido, en toda relación siempre hay uno que siente más. Nadie sabe por qué mierdas pasa eso, pero es así.

Ella no estaba preparada para tener nada serio. Sin embargo, él no podía dejar de mirarla por las noches, imaginando una vida a su lado. Ella, simplemente, dormía. Él soñaba con sus besos.

 Ambos seguían las pautas que desembocaban en la solución de la misma ecuación que, sin palabras,  habían acordado:  nada de llamadas a media noche, nada de te quieros ni de palabras de amor llenas de melancolía. Él no las decía, ella no las esperaba.

 Él sabía que aquello no duraría más de lo que dura un verano. Ella se lo había dicho desde el principio: simplemente no podía querer, no sabía hacerlo. Supo una vez, creo, pero se le olvidó rápido.  Estaba cansada –decía- de promesas sin cumplir, de remordimientos por las noches, de besos que no valen nada. Ahora prefería vivir cada momento, no apegarse a nada ni nadie. Tan solo quería respirar y sentirse viva.