Deshojar margaritas

Ya no está de moda deshojar margaritas

ni enviar cartas con carmín y perfume.

 

Ya pocos se enamoran leyendo poesía.

Aunque, curiosamente,  tú estás presente en cada sinestesia.

Tienes el sabor de ese aroma.

 

No importa que el tiempo cambie,

sigues siendo primavera.

 

Cuando encuentro tu cuerpo siempre estoy sedienta.

Sabes que si te perdiera, te encontraría.

Rosa, rosae

Y, otra vez, sin aviso previo ni cita concertada llegó otro 4 de abril, recordándoles un nuevo aniversario. Simplemente un número más en sus vidas que marcaba el paso de un año más juntos (y eso que ellos siempre fueron de letras).

Qué miedo daba echar la vista atrás y recordar momentos que habían dolido tanto; pero qué alentador al mismo tiempo haber superado juntos los baches de la vida.

Aunque eran jóvenes todavía, ya habían compartido casi la mitad de su existencia. Quién iba a decirles cuando se conocieron en una clase de latín, declinando rosa rosae lo que les depararía el futuro. Y quién iba a decirles que a pesar de quererse, odiarse, amarse, odiarse más, quererse a rabiar y dudar de todo, nunca podrían haber sido más felices de otra manera.

Querer hacer cada cosa a mi medida

Es mi defecto este querer controlar la vida,

estudiar el diccionario para que desaparezcan las palabras desconocidas,

necesitar saber cuántos minutos pasarán hasta que vuelva a verte,

obsesionarme con qué tiempo hará mañana,

querer hacer cada cosa a mi medida.

 

Es un error este querer controlar la vida

porque no es más que una lucha constante,

una lucha que sé perdida.

 

Pero, ¿acaso puedo controlar la vida si no puedo controlar esta obsesión que me empuja a preguntarme el porqué de cada nota, de cada sílaba? ¿De qué me sirve entonces responder con suspiros a los días?

 

Es fácil la teoría, no tanto la práctica.

No es fácil cambiar y dejar de preocuparme por la lluvia que moja tus labios,

por preguntarme qué significarán tus silencios,

por necesitar saber cómo se formó el universo,

quién inventó tu nombre y el mío,

por los segundos que me abandonan,

por los castillos de arena,

por las copas de cristal,

por las motas de polvo,

por este poema,

por las letras,

por estos puntos suspensivos…

 

Es mi defecto este querer controlar la vida,

querer hacer cada cosa a mi medida

Donde todo sucede

Rompí las absurdas normas

que me mantenían separada de aquello que quería,

como quien desafía al tiempo en una comida de cumpleaños.

 

Y, así,

echándole un pulso al paso de los años, sabiendo de antemano

quién

iba a ganar la partida,

deseé que se detuvieran los segundos.

 

Una vez derrotada, recurrí a la Poesía –lugar donde todo sucede,

donde todo es posible-. Me dijo que podía quedarme,

si no permanecía callada.

Por eso escribo: Para quedarme siempre en ella,

buscándome en cada poema, encontrándote en cada letra.

Absolvamos el enigma de la ropa

“La poesía destruye al hombre” nos dijo aquel sabio,

aquel último hombre al que muchos llamaron viejo loco.

 

La poesía nos devora. Unas veces con calma, otras con prisa.

Entra en nuestras vidas haciéndonos comprender que nada sabíamos antes de ella.

Nada éramos.

 

Me tumbo de madrugada, con todas las luces ya apagadas,

y presiento tu aliento desgarrado,

tus mismas preguntas,

tus mismas inquietudes que con el tiempo no cambian,

solo te vuelven más loco para algunos.

Para mí más sabio.

 

¿Por qué llamamos pájaro al pájaro? ¿Por qué no hierba o flor?

Desnúdame de tantas mentiras, de tantas palabras perdidas

que no sabemos –ni sabremos nunca-  de dónde vienen.

 

 

Esta inefabilidad de las palabras, de las cosas y de la vida nos consume.

Absolvamos, pues, el enigma de la ropa.

Esta ignorancia se nos clava en la piel como alfileres.

Viajes en tren

Otra semana más me encuentro a mí misma sentada en este tren, sin más compañía que un viejo libro releído ya tantas veces en silencio, de estación en estación, que reconozco ya el olor de sus páginas amarillas y encuentro el sentido a cada palabra, a cada intención, a cada alusión al tiempo.

El murmullo de los viajeros se me antoja estridente ahora. Me molestan sus voces. No puedo evitar escuchar conversaciones banales que ni a ellos interesan. La vejez me ha convertido en un ser huraño. Recuerdo demasiadas veces que debo alejarme del mundanal ruido.

Vuelvo a mi libro, que en realidad no es ya más que un cúmulo de hojas de papel desgastadas por el roce de mis manos. Entonces, me doy cuenta entre los bruscos tambaleos del tren que me lleva a aquella que un día fue nuestra casa, que la vida no nos devuelve nada. No nos pregunta. No se molesta en dar explicaciones.