Estación abandonada

A veces el corazón es como una estación abandonada. Todo se resume en pedazos que nadie recoge, que a nadie importan. Poco a poco se va deteriorando y es difícil seguir adelante sin algún apoyo, pues a nadie le interesa una estación en la que los trenes nunca se detienen, nunca esperan, nunca saludan. Sólo son un reflejo efímero que se difumina rápido ante cualquier mirada, ante cualquier pasajero.

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Luciérnaga herida

En tus ojos se puede beber la luz del mar

y solo en ellos parezco comprenderme.

Yo, que oscilo entre la luz y la sombra como una luciérnaga herida, solo en ellos me encuentro.

De nuevo, descubro el movimiento que me impulsa a vencer obstáculos infranqueables.

Tú haces que todo sea más tolerable,

más soportable,

más accesible,

más placentero.

Deshojar margaritas

Ya no está de moda deshojar margaritas

ni enviar cartas con carmín y perfume.

 

Ya pocos se enamoran leyendo poesía.

Aunque, curiosamente,  tú estás presente en cada sinestesia.

Tienes el sabor de ese aroma.

 

No importa que el tiempo cambie,

sigues siendo primavera.

 

Cuando encuentro tu cuerpo siempre estoy sedienta.

Sabes que si te perdiera, te encontraría.

RECONSTRUIRME

Cuántas veces he pensado que no tiene sentido la vida,

que no entiendo el porqué de estar aquí, ahora.

 

Días como estos, en una confusa intensidad de sentimientos,

se acrecienta y propaga el dolor en cada rincón de esta habitación:

en la silla, en la pata del escritorio, en la bombilla fundida de la lamparilla de noche,

en el aire, en mí misma. En todo lo que me rodea.

 

Pero no reniego ya de mi naturaleza ni de mis elecciones

y me atrevo a contaros que he encontrado en el dolor

respuestas que me devuelven a mí misma y que me dejan encontrarme de nuevo con mi autenticidad perdida.

 

Ahora, rodeada de tanto caos,

ahora, rodeada de tanta incertidumbre,

trataré de reconstruirme.

Rosa, rosae

Y, otra vez, sin aviso previo ni cita concertada llegó otro 4 de abril, recordándoles un nuevo aniversario. Simplemente un número más en sus vidas que marcaba el paso de un año más juntos (y eso que ellos siempre fueron de letras).

Qué miedo daba echar la vista atrás y recordar momentos que habían dolido tanto; pero qué alentador al mismo tiempo haber superado juntos los baches de la vida.

Aunque eran jóvenes todavía, ya habían compartido casi la mitad de su existencia. Quién iba a decirles cuando se conocieron en una clase de latín, declinando rosa rosae lo que les depararía el futuro. Y quién iba a decirles que a pesar de quererse, odiarse, amarse, odiarse más, quererse a rabiar y dudar de todo, nunca podrían haber sido más felices de otra manera.