La perpetuidad no fue más que un anhelo

No pudimos ser después de todo.

La perpetuidad no fue más que un anhelo.

Nada es eterno, ni tú ni yo ni esta tierra que hoy recoge nuestros pasos.

 

Recordaremos momentos fraguados de silencio,

de desdicha atormentada, de besos y pasiones invictas.

 

Porque te odio y te amo.

Porque te pierdo en el camino y te alcanzo en las noches de solitarias lunas de deseo.

 

Pasó el amor, quizá también la luna, entre nosotros y nos devoró los cuerpos.

 

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Donde no existe

La imagen de la muerte me persigue.

Incluso en la niñez, donde no existe.

He soñado con el momento en que todo acaba,

con la destrucción,

con el fin del cuerpo y del alma.

Pero en vez de seguir durmiendo eternamente, me despierto.

Creo que a veces grito con el sudor recorriendo mi almohada.

Aunque la vida tiene fecha de caducidad

nadie sabe decirnos

ni cómo

ni dónde

ni cuándo.

Piso con cuidado en este mundo lleno de prisas

para que no nos encuentre.

No todavía.

Después de todo, no sé quién soy. A ratos se me olvida.

¿Cuál es el precio de la vida? ¿El de la muerte?

La imagen de la muerte me persigue.

Incluso en la niñez, donde no existe.

Una historia no tiene principio ni fin, tan solo puertas de entrada

Un libro está lleno de magia. Contiene historias llenas de palabras, sentimientos e imágenes que nos cautivan y terminamos haciendo nuestros, así como ellos se permiten llevarnos un poquito de cada uno de nosotros.

Como un viejo amigo me dijo: “una historia no tiene principio ni fin, tan solo puertas de entrada”. Tenemos suerte, entonces, si alguna vez nuestras historias nos permiten encontrar la puerta de salida y rescatarnos de nosotros mismos. Pero la realidad es que nunca están completas y pocas veces nos damos cuenta de que hay momentos que se congelan por un instante que nunca volverá.

Rumor de clemencia

Me pregunto cuánto tiempo llevamos aquí,

destruyendo un planeta que ni siquiera nos pertenece,

como un amor irreparable.

 

Un dudoso cansancio nos deja vivir

mirando siempre hacia otro lado, como si nos pesaran las pestañas.

 

Pero en ti obstina un rumor de clemencia.

Lo sé por tu mirada.

Es más que un pálpito, más que un augurio.

Simplemente lo sé.

Sin conocernos, sin haber cruzado una palabra.

 

La vida no nos regala ya más que una imagen inconexa,

llena de gritos abstractos.

Aunque es fácil encontrar en ella tu boca y tocar tus labios,

mientras me pregunto si toda la vida hemos estado aquí.

Donde todo sucede

Rompí las absurdas normas

que me mantenían separada de aquello que quería,

como quien desafía al tiempo en una comida de cumpleaños.

 

Y, así,

echándole un pulso al paso de los años, sabiendo de antemano

quién

iba a ganar la partida,

deseé que se detuvieran los segundos.

 

Una vez derrotada, recurrí a la Poesía –lugar donde todo sucede,

donde todo es posible-. Me dijo que podía quedarme,

si no permanecía callada.

Por eso escribo: Para quedarme siempre en ella,

buscándome en cada poema, encontrándote en cada letra.

Pinceladas en tu piel

Pongamos parches a nuestras heridas,

dejemos que la vida regenere nuestra piel,

supongamos que el rencor no puede atraparnos

porque somos más rápidos que él.

 

Besémonos esta noche que dibujas con tu risa y

escuchemos una de nuestras canciones,

bailando lento en un bar.

 

Déjame observarte otra vez, despacio,

como se hace con un cuadro de Monet,

buscando en su textura

todos los detalles que dejan sus pinceladas en tu piel.

Absolvamos el enigma de la ropa

“La poesía destruye al hombre” nos dijo aquel sabio,

aquel último hombre al que muchos llamaron viejo loco.

 

La poesía nos devora. Unas veces con calma, otras con prisa.

Entra en nuestras vidas haciéndonos comprender que nada sabíamos antes de ella.

Nada éramos.

 

Me tumbo de madrugada, con todas las luces ya apagadas,

y presiento tu aliento desgarrado,

tus mismas preguntas,

tus mismas inquietudes que con el tiempo no cambian,

solo te vuelven más loco para algunos.

Para mí más sabio.

 

¿Por qué llamamos pájaro al pájaro? ¿Por qué no hierba o flor?

Desnúdame de tantas mentiras, de tantas palabras perdidas

que no sabemos –ni sabremos nunca-  de dónde vienen.

 

 

Esta inefabilidad de las palabras, de las cosas y de la vida nos consume.

Absolvamos, pues, el enigma de la ropa.

Esta ignorancia se nos clava en la piel como alfileres.