Donde todo sucede

Rompí las absurdas normas

que me mantenían separada de aquello que quería,

como quien desafía al tiempo en una comida de cumpleaños.

 

Y, así,

echándole un pulso al paso de los años, sabiendo de antemano

quién

iba a ganar la partida,

deseé que se detuvieran los segundos.

 

Una vez derrotada, recurrí a la Poesía –lugar donde todo sucede,

donde todo es posible-. Me dijo que podía quedarme,

si no permanecía callada.

Por eso escribo: Para quedarme siempre en ella,

buscándome en cada poema, encontrándote en cada letra.

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Pinceladas en tu piel

Pongamos parches a nuestras heridas,

dejemos que la vida regenere nuestra piel,

supongamos que el rencor no puede atraparnos

porque somos más rápidos que él.

 

Besémonos esta noche que dibujas con tu risa y

escuchemos una de nuestras canciones,

bailando lento en un bar.

 

Déjame observarte otra vez, despacio,

como se hace con un cuadro de Monet,

buscando en su textura

todos los detalles que dejan sus pinceladas en tu piel.

Absolvamos el enigma de la ropa

“La poesía destruye al hombre” nos dijo aquel sabio,

aquel último hombre al que muchos llamaron viejo loco.

 

La poesía nos devora. Unas veces con calma, otras con prisa.

Entra en nuestras vidas haciéndonos comprender que nada sabíamos antes de ella.

Nada éramos.

 

Me tumbo de madrugada, con todas las luces ya apagadas,

y presiento tu aliento desgarrado,

tus mismas preguntas,

tus mismas inquietudes que con el tiempo no cambian,

solo te vuelven más loco para algunos.

Para mí más sabio.

 

¿Por qué llamamos pájaro al pájaro? ¿Por qué no hierba o flor?

Desnúdame de tantas mentiras, de tantas palabras perdidas

que no sabemos –ni sabremos nunca-  de dónde vienen.

 

 

Esta inefabilidad de las palabras, de las cosas y de la vida nos consume.

Absolvamos, pues, el enigma de la ropa.

Esta ignorancia se nos clava en la piel como alfileres.

Viajes en tren

Otra semana más me encuentro a mí misma sentada en este tren, sin más compañía que un viejo libro releído ya tantas veces en silencio, de estación en estación, que reconozco ya el olor de sus páginas amarillas y encuentro el sentido a cada palabra, a cada intención, a cada alusión al tiempo.

El murmullo de los viajeros se me antoja estridente ahora. Me molestan sus voces. No puedo evitar escuchar conversaciones banales que ni a ellos interesan. La vejez me ha convertido en un ser huraño. Recuerdo demasiadas veces que debo alejarme del mundanal ruido.

Vuelvo a mi libro, que en realidad no es ya más que un cúmulo de hojas de papel desgastadas por el roce de mis manos. Entonces, me doy cuenta entre los bruscos tambaleos del tren que me lleva a aquella que un día fue nuestra casa, que la vida no nos devuelve nada. No nos pregunta. No se molesta en dar explicaciones.

“Que ser valiente no salga tan caro, que ser cobarde no valga la pena”

“Que ser valiente no salga tan caro, que ser cobarde no valga la pena” J. Sabina

 

Otra vez tú y yo frente a frente, Ciudad del Viento.

Otra vez, tan igual a la primera, llena de desconcierto,

de miedo e incertidumbre.

Esta vez, tú más bonita que nunca, yo más cobarde que antes.

Con más años, sí, pero con la sonrisa tan desdibujada.

Te miro desde una ventana que no es la mía,

sintiéndome una veraneante perdida entre la nada.

Ya  no me acuerdo de qué calles llevaban tu nombre,

ya no te encuentro.

Hoy solo hay tiempo para las nubes.

 

No estamos terminados

No creo que llegue a encontrar la perfección, pero tampoco creo que el fin del ser humano sea buscarla. Sin embargo, sí creo que nacemos siendo un molde inacabado, una especie de pieza con un gran potencial que puede y –de hecho- debe ir mejorando con los años. Por eso aprendemos a caminar, a hablar, a razonar. Hacernos viejos no debe pesarnos si ello supone aprender, mejorar y superarnos.

Nacemos destinados a ser polvo, pero antes de que esto ocurra tenemos un largo camino para aprender a ser alguien que valga la pena y que perdure en el recuerdo como algo más que simples cenizas.